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SEMINARIO: “Cambia tu manera de pensar para que cambie tu manera de vivir” TEXTO: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Rom. 12: 2) (NVI)
La escritura demuestra en repetidas ocasiones la necesidad y la importancia de que se produzca una renovación en nuestras vidas (Efe. 4: 22-23) (Col. 3: 5-10) (1 Ped 1: 14-23) Todo esto producto de la acción amorosa y poderosa de Dios en nosotros. Él es la principal razón, la más importante.
I. El llamado a la transformación. “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados…” No se amolden (adaptéis, conforméis, vivan según) a este mundo actual. ¿Por qué Dios ordena esto si es que Él mismo decidió ponernos en este mundo? ¿Por qué si el Señor Jesucristo mismo le rogó al padre que no nos quite del mundo (Jn. 17: 15)? Obviamente tiene sus motivos correctos. a. El propósito de Dios y el mundo (Efe. 1: 3-6) Fuimos creados con un propósito divino diseñado antes de la creación del mundo. Fuimos predestinados para ello en amor y Jesucristo vino a la tierra para hacer posible el cumplimiento del plan del Padre. En Él fuimos escogidos, llamados, justificados y glorificados. Todo esto para la alabanza de su gloriosa gracia, de la cual, sin duda alguna, es digno. Nos preguntamos: ¿Qué posición tienen el mundo frente al proyecto del creador? Definimos como mundo, en este caso, al sistema humano que está rebelde y opuesto a los propósitos de Dios. (Stg. 4: 4) (Jn. 15: 18-19) (1 Jn. 2: 16) ¿Qué podemos esperar del mundo? Él está en pleito con Dios y propaga cosas contrarias a su voluntad. Si aborreció a Jesucristo, Hijo unigénito de Dios y la provisión de salvación, cuanto más no nos detestará a sus seguidores. Y esa es la realidad que estamos viendo, un mundo hostil contra la fe cristiana y contra todos los que la profesan. No debemos amoldarnos a él porque nos quiere poner en enemistad con nuestro hacedor, aquel que es la solución para todos nuestros problemas. b. Nuestra humana naturaleza y la influencia del mundo (Efe. 4: 22) Nuestra humana naturaleza está corrompida y antes de entrar en una relación genuina con Dios estaba en estado de depravación. Es tal que se le nombra en la Biblia como “muerte espiritual” (Efe. 2: 1-3) Esta naturaleza, aunque ha perdido poder sobre nosotros porque Cristo nos liberó, aun ejerce influencia sobre nuestra personalidad; por eso la recomendación es que cada día más nos despojemos de ella. Pero si vivimos conforma a los patrones de este mundo, sucederá que este viejo hombre ganará mas terreno y producirá en nosotros resultados catastróficos (Col. 3: 5-9) El mundo está continuamente intentando colocarnos bajo la ira de Dios.
Ejemplos de la contradicción existente entre los principios del mundo y los principios del Señor. Dios se revela en su palabra diciéndole a la humanidad: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos», dice Jehová. 9«Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55: 8-9) (RV) Ejemplos prácticos de cómo esto se evidencia en la realidad de la vida Principios propuestos por el mundo Principios dados por Dios Si no te cuidas tú y buscas lo que necesitas no lo hará nadie por ti. El hombre es autosuficiente y no necesita ayuda extra. Dios dice que primero debemos buscar su reino y su justicia y Él se hará cargo de nuestras necesidades. (Mt. 6: 33)
No dependas de tu propia suficiencia, sino busca su camino (Pr. 3: 5) Los enemigos deben ser odiados y su éxito envidiado. Debemos desacreditar a nuestros adversarios y desear su destrucción no es malo. Dios dice que amemos y oremos por aquellos que se consideran a sí mismos como nuestros enemigos (Mt. 5: 44-45) El que te la hizo te la tiene que pagar. Hay algunos que no merecen ser perdonados. Dios dice que debemos perdonar para ser perdonados, incluso que seamos los iniciadores de la reconciliación (Mt. 5: 23-24) El matrimonio es una conveniencia social. Las personas buscan los conyugues para satisfacer sus propias necesidades, y si no funciona, la solución es separarse y empezar de nuevo con otra persona. Dios dice que el enfoque del matrimonio está en poner los intereses de tu cónyuge por encima de los tuyos, el amor es dar y no conseguir (Jn. 3: 16) Su visión del matrimonio es hasta que la muerte los separe (Mt. 19: 4-6) Debes aprender a tomar el mando y dar órdenes, en el poder está la clave del éxito. Dios dice que debes estar dispuesto a ser siervo. El mejor líder es el que sirve y Él da más gracia a los humildes (1 Ped. 5: 5) Las riquezas son las que te llevarán adelante en esta vida. Mientras más tengas mejor parado estarás. Dios dice que no pongas tu esperanza en las riquezas porque provocan muchos males, que pongas tu esperanza el Él y te concederá lo que necesitas para tu bien (1 Tim. 6: 17) No existe un Dios, el hombre es dueño de su propio camino. Para los que creen que si existe consideran que hay caminos diferentes pero que todos de alguna manera conducen hacia el mismo Dios. Dios dice que el hombre no es dueño de su propio camino porque no puede ordenar justamente sus pasos (Jr. 10: 23) Solamente hay un camino para llegar al Dios verdadero y es por mediación de Jesucristo su Unigénito (Jn. 14: 6) (1 Tim. 2: 5) c. La voluntad de Dios para nuestras vidas (Rom. 8: 28-30) Dios quiere que cada día más nos asemejemos a Jesucristo. Él es el parámetro de nuestras vidas, hacia Él debemos estar enfocados. Una comparación del camino del hombre y su carácter con el ejemplo de la vida de Cristo expresada en los evangelios, nos daría elementos suficientes para coincidir con la opinión divina de la necesidad de un cambio radical en nuestra manera de vivir. Ese es su llamado continuo al cual debemos obedecer (1 Ped. 1: 14-17) 2 II. Principios bíblicos para el cambio. “…sean transformados mediante la renovación de su mente…” Lo que necesitamos es un cambio radical en nosotros y Jesucristo lo hace posible. La palabra revela que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor. 5: 17) Esta recomendación de Dios la confirma el apóstol Pablo al usar el término «sean transformados». Este vocablo en griego es (μεταμορφου̂σθε – metamorfoúze) De donde proviene nuestra palabra castellana metamorfosis. Esto significa transformación de una cosa en otra, mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro. En el mundo zoológico se produce en animales trayendo no solo un cambio de forma, sino de funciones y de género de vida. Conocemos el ejemplo clásico de la oruga que se transforma en mariposa. a. Transformación en la mente (Efe. 4: 23) Si deseamos vivir en el centro del propósito de Dios y experimentar la plenitud de lo que nos ha concedido en Jesucristo conforme a su voluntad, hemos de ser transformados de esta manera. Se debe producir un cambio que afecte nuestra naturaleza y nuestra forma de vivir. Este cambio no es algo místico ni mágico, sino un proceso que debe comenzar en nuestra mente. La traducción moderna de la versión popular Dios Habla Hoy nos ofrece una transcripción dinámica de esta idea al expresar: “… cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (Rom. 12: 2) (DHH) Este cambio se debe producir en nuestro entendimiento. Vivimos según pensamos. Hacemos lo que entendemos que es correcto y rechazamos lo que calificamos de incorrecto. Al menos en la mayoría de los casos. Nuestra mente debe ser renovada, mudada a otro estilo, sustituida por otra. El mundo y sus costumbres, los patrones de vida que adoptamos, la cultura y el medio donde crecimos, las enseñanzas escolares, han formado en nosotros un patrón de conducta; han programado nuestra conciencia y no siempre concuerdan con los patrones divinos, con la norma de fe y de comportamiento que Dios no dejó revelada en su palabra. Por eso, hasta que no se produzca esta “reprogramación” no llegaremos a conocer y entender la voluntad del Señor. b. Reconoce y vive lo que Dios es (Sal. 100: 3) Solamente cuando entendemos esta verdad entraremos en la realidad de nuestra dependencia total de la misericordia y la gracia de Dios. Por nuestras propias fuerzas nunca alcanzaremos todo el potencial con el cual fuimos formados. El éxito en la vida depende que hagamos eficazmente aquello para lo cual fuimos creados y no de cuantas posesiones o renombre tengamos. Cada vez que orgullosamente el ser humano decide que se las puede arreglar solo sin Dios, está rechazando la única solución que lo puede librar de su problema fundamental (el pecado) y al planificador de su vida. Este error de autonomía (auto dependencia) fue la raíz de la caída de Adán y Eva en el Edén. Es la trampa más vieja que el diablo le tiende a la humanidad y que todavía le funciona muy bien. Pero Dios nos sigue enseñando: “23Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jr. 10: 23) (RV) 3 “1Los planes son del hombre; la palabra final la tiene el Señor” (Prov. 16: 1) (DHH) “9 El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR.” (Prov. 16: 9) (NVI) “21 El corazón humano genera muchos proyectos, pero al final prevalecen los designios del SEÑOR.” (Prov. 19: 21) (NVI) “13 Ahora escuchen esto, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero.» 14 ¡Y eso que ni siquiera saben qué sucederá mañana! ¿Qué es su vida? Ustedes son como la niebla, que aparece por un momento y luego se desvanece. 15 Más bien, debieran decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.» 16 Pero ahora se jactan en sus fanfarronerías. Toda esta jactancia es mala” (Stg. 4: 13-16) (NVI) La jactancia del hombre lo conduce a la ruina. Ciertamente hay caminos que ante sus ojos parecen derechos pero su final es camino de muerte (Prov. 14: 12) El hombre no puede dominar su propio corazón rebelde y sin remedio, y como todas las cosas provienen de esa fuente, sin una metamorfosis en él no puede vivir de manera que agrade a Dios (Jr. 17: 9-10) Solo Dios, en la persona de Jesucristo, le ofrece la realización de un cambio porque solo Él tiene el poder, la capacidad, la posibilidad y el deseo de hacerlo (Eze. 36: 25-27) c. En la humillación está la victoria (Stg. 4: 6) Quien humildemente reconoce este principio y se humilla ante el Señor recibe gracia y poder para realmente levantar el vuelo como las águilas, para ser transformado de una simple oruguita poco atractiva y que se arrastra, a una llamativa mariposa que con su vuelo alcanza niveles muchos más altos (1 Ped. 5: 6) (Prov. 3: 34) Para el mundo humillación es señal de debilidad y de derrota, pero ante el Señor y su propósito es una de las llaves que conduce al éxito. Él está siempre dispuesto a darle de su gracia a quienes toman la actitud de siervo siguiendo el ejemplo supremo de Jesucristo, quien siendo por naturaleza Dios decidió humillarse, ¡Y hasta lo máximo! Recordemos que el plan divino es que nos asemejemos cada vez más a Él. d. El objetivo: Conocer la voluntad de Dios (Rom. 12: 2b) “y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” La meta genuina para desear el cambio debe ser el conocimiento de Dios y su voluntad. Si la motivación está en nosotros mismos, en sobresalir de alguna manera y alcanzar posición y renombre, entonces vamos desviados y no hemos entendido su propósito. Aunque así se desea el cambio que la escritura propone, los motivos son falsos y no tendremos razón alguna para gloriarnos. El profeta Jeremías advirtió en una ocasión: “Así dice el SEÑOR: «Que no se gloríe el sabio de su sabiduría, ni el poderoso de su poder, ni el rico de su riqueza. 24 Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe de conocerme y de comprender que yo soy el SEÑOR, que actúo en la tierra con amor, con derecho y justicia, pues es lo que a mí me agrada —afirma el SEÑOR—” (Jr. 9: 23-24) (NVI) Y el mismo Señor Jesucristo les enseñó a sus discípulos después de haber tenido éxito en la misión a la que fueron enviados en su nombre: 4 “17Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. 18Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. 19He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. 20Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.” (Lc. 10: 17-20) (RV) Mantener esta óptica es saludable y eficaz. Se trata de Él en primera línea y no de nosotros. El mandamiento mayor es amarle a Él y servirle con todo lo que somos y tenemos. Cuando estamos dispuestos, Él extiende su mano y nos colma con lo suyo, es un cambio de menos por más, de maldición por bendición, de pobreza por abundancia eterna. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, pero se lleva a cabo productivamente en corazones dispuestos a menguar para que Él crezca y se haga más visible. III. Métodos para la transformación “Encomienda al SEÑOR tu camino; confía en él, y él actuará” (Sal. 37: 5) (NVI) Ningún ser humano por si mismo está en la capacidad de producir cambios tan trascendentales como los que la norma de Dios exige. Si el hombre no es dueño de su camino ni puede controlar sus pasos justamente, mucho menos tiene la capacidad de transformar su ser a la altura que demanda la santidad de Dios y la constitución de su reino. En una conversación crucial con un experto de la ley, Jesucristo lo dejó bien claro: “Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Le respondió Jesús: —De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios .Nicodemo le preguntó: — ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: —De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3: 2-7) (RV) Por esta razón, todo el que quiera entrar y hacer la voluntad de Dios, necesariamente tienen que depender de Él, de su misericordia y gracia, y aceptar el camino que en su inmensa sabiduría nos ha propuesto y preparado (Sal. 127: 1-2) (Rom. 9: 16) a. La preeminencia de Cristo (Jn. 15: 5-7) Todas las cosas que existen fueron creadas por Él, en Él y para Él, y por medio de Él es que forman un todo coherente (Col. 1: 15-20) No hay nada que podamos hacer que traiga la gloria debida a Dios que no sea a través (por medio de) Jesucristo. ¿Cómo influencia Jesús nuestra transformación? En primer lugar, fue Él quien la hizo posible por su obra completa (su venida, ministerio terrenal, crucifixión, muerte y resurrección) Él aplacó la ira de Dios que debería recaer sobre nosotros por nuestro comportamiento, derrotó a los enemigos que operaban en nuestra contra para condenación, y cumplió con las demandas del Padre para que se pueda derramar sobre nosotros toda su bondad. 5 “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados. 14Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. 15Y despojó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.” (Col. 2: 13-15) (RV) En segundo lugar, Él es la meta que Dios planeó alcanzar en nosotros y por la cual debemos ser transformados. Es el modelo de nuestra renovación, es el premio a conseguir, es la señal de que hemos alcanzado la voluntad de Dios. Sin Él nunca tendríamos una imagen correcta de lo que Dios es ni de cual es su voluntad para nosotros. Simplemente, sin Jesucristo no hay camino, ni verdad, ni vida, no hay salvación ni cambio. Él es nuestra eternidad. Hemos de llegar a la convicción del apóstol Pablo y hacer la misma declaración de fe: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gl. 2: 20) (RV) b. El instrumento por excelencia: La palabra de Dios (Stg. 1: 18-25) Todo lo que existe fue creado por la palabra que Dios emitió. Cuando la tierra aun estaba desordenada y vacía, el Señor la transformó con su palabra. Él dijo y todo fue hecho (Sal. 33: 6) (Heb. 11: 3) (2 Ped. 3: 15) Por eso su palabra tiene poder para edificarnos y transformar nuestras vidas cuando decidimos obedecerla, llevarla a la práctica. “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados.” (Hch. 20: 32) (RV) Para poder acercarnos a Dios tenemos que hacerlo con fe (Heb. 11: 6) y todo lo que no proviene de fe es considerado pecado (Rom. 14: 23) y para que esa fe se evidencia y aumente se necesita imprescindiblemente el alimento de la palabra del Señor (Rom. 10: 17) Cuando la palabra viene a formar parte de nuestro diario vivir es que dejaremos más y más las costumbres y preceptos del mundo y seremos transformados íntegramente mediante una metamorfosis. Nuestro pensar, nuestro hablar, nuestro andar, se verán impactados poderosamente por la acción de lo que “sale de la boca de Dios” Ejemplos de diferencias entre una mente transformada por la palabra de Dios y una guiada por los principios humanos del mundo Mente guiada por conceptos humanos Mente guiada por la palabra de Dios Ante situaciones difíciles se rinde y resigna porque no tiene fuerzas y eso demanda más allá de sus capacidades. Ante situaciones difíciles, aunque reconoce su incapacidad humana, confía en Cristo que le fortalece para que si pueda (Fil. 4: 13) y espera en las nuevas fuerzas que el Señor le prometió (Is. 40: 29-31) Ante lo que parece imposible pierde la esperanza, no ve más allá de lo que su vista alcanza a descubrir. Ante lo que parece imposible no se detiene porque anda por fe y no por vista (2 Cor. 5: 7) y ora a Dios conciente de que para Él no hay nada imposible (Lc. 1: 37) 6 Ante las presiones del mundo cede porque considera que al estar en él esas actitudes son normales. Ante las presiones del mundo no cede, sino que pelea la batalla en fe para agradar a Dios y así obtiene la victoria (1 Jn. 5: 4-5) Cree que su transformación es imposible porque así nació y así morirá. Lo que es lo heredó de sus padres y del trasfondo cultural donde creció. No hay quien lo pueda cambiar. Cree que si es posible ser transformado porque Cristo con su poder ha hecho todas las cosas nuevas (2 Cor. 5: 17) Aunque ve que aun no es perfecto, avanza confiado en que el Señor aun está haciendo su obra en Él (Fil. 1: 6) Vive en la esclavitud del pecado y sin fuerza de voluntad negársele. Al notar su incapacidad natural para vencer se frustra y se siente condenado. Vence sobre el pecado por la fe en la victoria de Cristo. Disfruta de la libertad con que su Señor la ha hecho libre (Rom. 7: 25-8: 2) por lo tanto, puede ser siervo de la justicia (Rom. 6: 17-18) Solo tiene esperanza para esta vida pues no entiende que pueda existir más allá de la muerte. Su vida es pasajera y limitada. Tiene esperanza para esta vida y para la venidera. No teme a la muerte (porque sabe que es ganancia) y se goza en la vida eterna en unión con su salvador y Dios (1 Jn. 5: 11-12) c. La obra del Espíritu Santo (2 Cor. 3: 7-18) El Espíritu Santo es una persona y es Dios. Sus calidades descritas en la escritura le otorgan voluntad propia, soberanía, omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia, etc. Este pasaje lo describe como Señor y encargado de nuestra transformación, y lo hace de gloria en gloria, una gloria que no se extinguirá. ¿Es importante nuestra relación con el Espíritu de Dios para nuestra transformación? ¡Es muy importante! La palabra dice acerca de nuestra relación con Él: “16 ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor.3: 16) (NVI) Él es Dios en nosotros, quien cumple la promesa del Hijo cuando dijo que nos acompañaría todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28: 20) Él nos guía a toda verdad y quien nos da a conocer las cosas del Padre y del Hijo (Jn. 16: 7: 15) Es el amor de Dios derramado en nuestros corazones (Rom. 5: 5) Nos revela los secretos de Dios y manifiesta en nosotros la mente de Cristo (1 Cor. 2: 9-16) Estos son solo un par de aspectos que nos indican la importancia de nuestra comunión con Él. “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, 5nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 6el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador, 7para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.” (Tit. 3: 4-7) (RV) Dios derramó abundantemente de su Espíritu para que lleguemos a ser herederos de sus promesas. Esto es posible porque el Espíritu Santo efectúa en nosotros la regeneración necesaria y nos transforma a la imagen de lo que debemos ser según el plan divino. El apóstol Pablo nos describió aspectos importantes dentro de este proceso de transformación cuando le escribió la segunda carta a los corintios: 7 “16Pero cuando una persona se vuelve al Señor, el velo se le quita. 17Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 18Por eso, todos nosotros, ya sin el velo que nos cubría la cara, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor, y vamos transformándonos en su imagen misma, porque cada vez tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Señor, que es el Espíritu” (2 Cor. 3: 16-18) (DHH) 1. Cuando una persona se vuelve al Señor Es cuando decidimos volvernos al Señor que el peso de la condenación y la sentencia de muerte que heredamos por nuestro comportamiento son eliminados. Cuando andamos en el mundo sin Dios, el enemigo número uno de nuestras almas cegaba nuestro entendimiento para que no nos alumbrara la luz de vida (2 Cor. 4: 3-4) Estábamos velados ante la presencia de Dios. Pero cuando decidimos acudir a Él, su gracia corre los impedimentos para que podamos verle tal cual es. 2. El Espíritu Santo lo conduce a la libertad Al entregarnos sin reservas a la voluntad del Señor el Espíritu Santo nos conduce a su libertad gloriosa. Esto opera como una ley (Rom. 8: 1-2) que nos libra del pecado (otra ley) y sus consecuencias, es decir, la muerte. Tanto el Padre como el Hijo cumplen su cometido a través de la persona del Espíritu Santo. La unidad en la deidad es tan evidente que aquí se le otorga al Espíritu el título de Señor. Dios nos ha sellado con su aliento de vida como garantía de sus promesas, como anticipo de su herencia y como testimonio de su genuina presencia en cada ser humano que decide acercarse a su gracia (2 Cor. 1: 21-22) 3. Mirando a rostro descubierto Tomando el camino que lleva hacia Dios, somos conducidos a participar de un privilegio inigualable: poder contemplar y reflejar su gloria. Esto sucede de la misma manera que se releja una imagen en un espejo. Pero para que la imagen pueda ser reflejada, primero hay que colocarse frente al espejo. De igual forma, para poder transmitir a los demás lo que Dios es, hemos de presentarnos ante Él tal y como somos (a rostro descubierto) para que seamos saneados y sea eliminado de nuestras vidas todo lo que no es compatible a la presencia de un Dios tan santo. 4. Transformados a su misma imagen La acción del Espíritu de Dios es tan poderosa que nos transforma a la misma imagen del Señor, lo cual es el propósito del Padre para los que ha adoptado como hijos suyos. Es anhelando y cooperando en esta transformación continua (la santificación) que nos acercamos más y más a nuestra meta eterna. Todo aquel que esté dispuesto experimentará sin duda alguna la majestuosa obra del Espíritu Santo. 5. Portando más de su gloria por la acción del Espíritu La renovación por el Espíritu, aunque es un proceso que se realiza en el interior del creyente (2 Cor. 4: 16-18), siempre se manifiesta en la totalidad de su ser porque Dios mismo lo habilita para ser portador de su gloria. Los que nos rodean notarán el cambio y se sentirán atraídos al Señor porque lo verán manifestado en nosotros. ¡Somos sus embajadores! Pero este ministerio solo lo podemos llevar a cabo satisfactoriamente si somos verdaderamente transformados, de manera que podamos confesar como el apóstol Pablo: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” 8 IV. Levándolo a la práctica “8Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor....” (Mt. 3: 8) (DHH) Por la fe en la fidelidad de Dios a sus palabras, entendemos que Él verdaderamente transforma. Quien tuvo la capacidad de crear todo lo que existe, como mucha más razón podrá transformar lo creado. Como evidencia, lo que Él produce en nosotros debe manifestarse. Quien dice conocer al Dios verdadero y entenderle, debe andar en este mundo como Él lo hizo. Nos ha dejado su ejemplo para que sigamos sus pisadas. Por eso la insistencia en repetidas ocasiones a esforzarnos por vivir una vida que le agrade. Por la misma fe debemos andar ahora en vida nueva, interactuando con la mirada puesta en agradarle y Él nos ayudará y suplirá todo lo que necesitemos. Lo hará porque estamos dentro de sus propósitos y porque lo prometió. ¿Qué nos toca a nosotros? Dar testimonio visible de la renovación. “22En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, 23renovaos en el espíritu de vuestra mente, 24y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efe. 4: 22-24) (RV) Ejemplos prácticos: (Efe. 4: 28-32) 1. De mentiroso a transmisor de la verdad (vs. 25) 2. De ladrón a trabajador y compartidor (vs. 28) 3. De maldiciente a edificador con palabras (vs. 29) 4. De amargado, con mal genio y gritón, a bondadoso, misericordioso y perdonador (vs. 31-32) V. El mantenimiento (Gl. 5: 1) (RV) “1Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.” Nuestro Señor y Salvador a completado su obra maravillosa. Porque Él ha vencido nosotros hemos sido constituidos más que vencedores por medio de Él (Rom. 8: 37) Con Él el Padre nos ha dado todas las cosas que necesitamos para vivir piadosamente haciéndonos partícipes de la naturaleza divina (2 Ped. 1: 3-4) y su gracia nos capacita para vivir sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos su manifestación gloriosa y la consumación de los tiempos (Tit. 2: 11-13) Pero somos nosotros los que debemos vivirlo, llevarlo a la práctica. Para hacerlo en verdadera libertad es necesario que atentados diligentemente a varios aspectos, entre los que se encuentran: a. Confróntate continuamente con la palabra de Dios (Jn. 8: 31-32) Solo cuando permanecemos en su verdad es que seremos verdaderamente libres. Los humanos variamos y cambiamos de opinión porque nos dejamos influenciar con facilidad, pero su palabra es eterna y permanece igual para siempre. La Biblia es el medidor fiel para caminar por sendas de victoria. 9 b. Toma con firmeza el mandato de temer y obedecer a Dios en todos tus caminos (Ecl. 12: 13-14) Aceptar la voluntad de Dios solo en algunos aspectos y en otros no, limitaría nuestra libertad. Con Dios no hay términos medios (Ap. 3: 15) Cuando Él demanda todo no es por capricho, sino para bendecirnos en todo, llenarlo con su plenitud. Si quedamos con reservas desperdiciamos privilegios. c. Crece en tu fe, no te conformes con tu estado actual (2 Ped. 3: 17-18) Vimos que la renovación debe producirse en nuestro ser interior debe ser día a día, no es cosa de un solo momento. De la misma manera continua nos estaremos enfrentando a la oposición que nos quiere hacer desviar de las sendas del Señor que son nuestra bendición. En medio de todo esto es imprescindible que nosotros crezcamos espiritualmente y no nos conformemos con lo que ya somos o tenemos. Un organismo saludable debe crecer. Si no se desarrolla, hay algo que no anda bien y se considera enfermo. Recuerda que la meta es ser a la imagen de Jesucristo. Hasta que no lo logremos hemos de esforzarnos (Fil. 3: 12-14) No olvides que debemos ayudar a otros. Se nos ha dado la tarea de mostrar hasta lo último de la tierra el camino de la salvación y de hacer discípulos (Mt. 28: 19-20) La voluntad de Dios es que nosotros ganemos en calidad de vida. Sus planes son para nuestro bien y no porque Él tenga alguna necesidad. Su anhelo es bendecirnos y nos ha dejado las herramientas necesarias para que, mediante la fe, nos apropiemos de todo lo que Jesucristo ganó para nosotros. ¡Dios está dispuesto! Nos ha dado a su Hijo y junto con Él nos otorga todas las cosas (Rom. 8: 32) ¿Qué haremos nosotros a partir de ahora? ¿Qué actitud adoptaremos en la vida? ¿Lo dejaremos todo solo para este tiempo de semnario? ¿Obedeceremos sus mandamientos con alegría y seguiremos intentando alcanzar el éxito y la felicidad por nuestra propia cuenta? Te animo a que escojas sus caminos y te aseguro que te deleitarás en su presencia. “1Acontecerá que si oyes atentamente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová, tu Dios, te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. 2Y vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas bendiciones, si escuchas la voz de Jehová, tu Dios. 3Bendito serás tú en la ciudad y bendito en el campo. 4Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas. 5Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar. 6Bendito serás en tu entrar y bendito en tu salir. 7Jehová derrotará a los enemigos que se levanten contra ti; por un camino saldrán contra ti y por siete caminos huirán de ti.” (Dt. 28: 1-7) (RV) 10 |