Razones para la plenitud de Dios (parte 1)
RAZONES POR LAS QUE NO DISFRUTAMOS DE
LA PLENITUD DE DIOS
TEXTO: (EFE 3: 14-19)
“14 Por esta razón me arrodillo delante del Padre, 15 de quien recibe nombre toda familia
en el cielo y en la tierra. 16 Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que
procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, 17 para
que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor,
18 puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es
el amor de Cristo; 19 en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento,
para que sean llenos de la plenitud de Dios”
INTRODUCCIÓN
Estos pasajes Bíblicos y otros más nos hablan de la disposición que Dios tiene
de que disfrutemos de su plenitud. Solo con la principal evidencia que nos da el
importantísimo pasaje de (JUAN 3: 16) es suficiente para demostrar que Él quiere
bendecirnos con lo mejor. Podemos contar con que esa es su voluntad. Su palabra
y sus acciones dan testimonio de esta verdad.
¿Qué entendemos por plenitud?
El término griego para plenitud en este pasaje es (plhvrwma - pléroma) que
significa: lo que llena, el contenido, integridad o totalidad, los medios de sustento.
Representa pues que, si entendiéramos correctamente el amor de Dios, deberíamos
experimentar su deseo de hacernos partícipes de todas sus bendiciones, dones o
regalos al darnos el privilegio de ser hechos hijos suyos, coherederos con Cristo,
miembros de la familia real.
Definimos entonces por plenitud de una vida en Cristo, que en cada área de
nuestras vidas el contenido y lo que la sustenta sea: ¡Dios mismo! Y que se
manifieste de manera tan evidente, que todos los que tienen contacto con nosotros
la puedan notar.
Ej. (Ef. 1: 15-23)
La iglesia es la plenitud (plhvrwma - pléroma) de Cristo. En ella todo debe estar
lleno de Él. A consecuencia de esto, en ella (y a través de ella) debe fluir su acción
poderosa y eficaz, su luz y la riqueza de gloria.
Las preguntas que deberíamos hacernos son:
->¿Se está manifestando esta plenitud en la iglesia?
->¿Notan los de afuera que en la congregación de los santos Dios es su
contenido y sustento?
->¿La vida que estamos viviendo es la vida en abundancia que nos prometió
Jesucristo? (Jn. 10: 10b)
Este debería ser nuestro objetivo, pues la iglesia fue fundada y subsiste por
Jesucristo, quien es su cabeza, su fundamento, su camino, verdad y vida. La
escritura dice que: “porque en él vivimos, nos movemos y somos..” (Hech. 17: 28)
(RV) Si somos sinceros reconoceremos que no podemos responder positivamente a
esas preguntas en todas las congregaciones.
¿En qué factores se ha descuidado la iglesia de hoy en día que no vive como la
iglesia que nos describe el Nuevo testamento?
De aquella se decía:
“41 Así, pues, los que recibieron su mensaje fueron bautizados, y aquel día se unieron a
la iglesia unas tres mil personas. 42 Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles,
en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. 43 Todos estaban asombrados
por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. 44 Todos los creyentes
estaban juntos y tenían todo en común: 45 vendían sus propiedades y posesiones, y
compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. 46 No dejaban de reunirse
en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con
alegría y generosidad, 47 alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del
pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos”
(Hech. 2: 41- 47)
I. No nos damos la tarea de conocer a Dios con mayor profundidad
Nos hemos conformado a lo que nos cuentan de Él, a lo que sobre Él se dice. Se
ha vuelto suficiente que de Domingo en Domingo podamos escuchar algunas
palabras de sus propósitos. Pero ese no es su plan para nosotros. Pablo oraba
diciendo que “para que por fe Cristo habite en sus corazones” (Ef. 3: 17) Este
habite significa que Jesucristo se sienta en nosotros como en su casa. Ya el está
presente en la vida de muchos, pero no le tratan como si formara parte de ella.
El pueblo no domina los atributos (naturaleza) de Dios, ni su carácter, ni el
alcance de su nombre. Esto es muy importante porque donde quiera que Él actúa
su naturaleza es manifiesta, esa es la esencia de su gloria.
Ej. ¿Dominamos que es la santidad del Señor? Y Él prometió que “Cuando dé a
conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR”
(EZ. 36: 23) Si supiéramos cuan importante es y cuanto bien nos hace, ya le
estuviéramos implorando que la manifieste diariamente.
Pero sencillamente para nosotros eso no es relevante. Bien intercedía el apóstol
Pablo para que Dios le diera a la iglesia Espíritu de revelación con el primordial
objetivo de que le conocieran mejor (Ef. 1: 17) El principio es sencillo:
¡Si no conoces a Dios no lo entenderás!
Como resultado más trágico de este desinterés es que no estamos disfrutando de
la vida eterna prometida:
“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a
quien tú has enviado” (Jn. 17: 3) (NVI)
II. Todavía no hemos colocado a Jesucristo como el verdadero Señor
Existe una declaración de fe que evidencia nuestra identidad:
“Por eso les advierto que nadie que esté hablando por el Espíritu de Dios puede
maldecir a Jesús; ni nadie puede decir: «Jesús es el Señor» sino por el Espíritu
Santo” (1 Cor. 12: 3) (NVI)
Es tan importante esta declaración que el Padre exaltó a Cristo hasta lo sumo
para que toda lengua confiese que Jesús es el Señor (Fil. 2: 11) Pero,
->¿Es tan sencilla esta confesión?
->¿No la podría hacer cualquiera?
->¿Es suficiente tan solo con decirlo?
La diferencia radica en lo que la palabra Señor significa. En su forma griega
(κύριος - Kírios) significa dueño, amo, administrador, el que controla o domina, el
superior. En Cristo todo esto está resumido. Por eso es el propósito del Padre,
producto de su sufrimiento obediente, que todo el mundo le confiese como tal.
Resumiendo, al confesar que Jesucristo es mi Señor (κύριος - Kírios) le estoy
otorgando en mi vida una posición igual a Dios. Le declaro como mi amo, mi
dueño, mi administrador y mi superior. ¿Somos todos concientes de esta verdad
cuando hacemos esta declaración?
Por eso solo por medio del Espíritu de Dios es que un verdadero cristiano le
puede declarar como tal. Luego nuestras acciones tienen que estar en
consecuencias con estas palabras, y en muchos de nosotros ese no es el caso.
(Tomemos el ejemplo clásico de los que ya llevan un tiempo determinado en las
congregaciones y no se acaban de bautizar por inmersión en agua, poniendo todo tipo de
excusas cuando debería ser un acto sencillo de obediencia a la palabra de aquel a quien
ya confesaron como Señor Mc. 16. 16)
Como secuela de no darle este lugar permitimos que otros lo tomen y nos dañen,
porque le damos la espalda al que nos ayuda y nos sustenta. (Mt. 6: 24) Este
criterio del puesto que Jesús quiere y merece se entendería mejor si conociéramos
más a nuestro Dios. Así entenderíamos que uno de los primeros nombres
(características) que le reveló a Israel a través de Moisés fue que “es un Dios
celoso” (Ex. 20: 3-4) Con Él se está o no se está.
III. No reconocemos ni honramos al Espíritu Santo
Una de las doctrina básicas de la confesión de fe cristiana evangélica es la de la
Trinidad:
“La Divinidad se compone de tres personas: Dios Padre, Dios Hijo (o Verbo) y Dios el
Espíritu Santo. Son uno en sustancia, poder y eternidad. Cada uno es enteramente
Dios, pero a la vez Dios es uno e indivisible” (Confesión bautista de fe del 1689. Cap. 2)
Pero por determinadas circunstancias en estos últimos tiempos la iglesia ha
descuidado quién es el Espíritu Santo. ¡Él es Dios! Y como tal merece también
nuestra adoración y alabanza. Es Él quien aplica todo lo que Cristo ha hecho
posible para nosotros; Es quien hace práctica la promesa de que estaría con
nosotros todos los días hasta el fin y nuestro adiestrador para poder presentarnos
correctamente ante Dios.
¿Qué actitud tenemos para con Él? Algunos ni le quieren hablar (apartándole), ni le
quieren oír (apagándole), Otros desprecian sus consejos (entristeciéndole) y lo que es
más deficiente, le adjudican sus obras al diablo (difamándole) Lo peor es que
aquellos que lo hacen pagarán las consecuencias a un alto precio. Mas bien
deberíamos estar agradecidos y postrados ante él por su obra maravillosa. Mientras
no nos volvamos a Él no alcanzaremos la plenitud ni la libertad prometidas.
“15 Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. 16 Pero
cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. 17 Ahora bien, el Señor es el
Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 18 Así, todos nosotros, que
con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el
Espíritu” (2 Cor. 3: 15-18) (NVI)
IV. No nos esforzamos por amar a Dios como Él se merece
El hombre en su naturaleza caída no puede amar a Dios porque no le conoce, no le
busca ni quiere tener ningún tipo de relación con Él (vea Rom. 3: 10-18) Aquel
que le llega a conocer es solamente producto de la acción iniciadora de Dios a
favor de esa comunión. Nadie puede jactarse en decir que le buscó al Él primero.
Jesucristo mismo dijo: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo
atrae” (Jn. 6: 44) (RV) La muestra de su amor es más que suficiente y elementos
sobrados tenemos.
->¿Resulta todo esto en que brote amor de nuestros corazones hacia Él?
->¿Cómo le amamos?
->¿Cómo le manifestamos nuestro amor?
->¿Es amarle la pasión de nuestras vidas?
->¿Ponemos todo nuestro empeño en amarle?
El Señor no se merece otro amor al que la Biblia nos propone (Mt. 22: 37)
Ciertamente todo nuestro amor no compensa el suyo ni es suficiente para
repagarle, pero el hecho es que ni siquiera nos esforzamos en hacerlo. No hay
pasión en amarle ni ponemos todo nuestro ser (cuerpo, alma y espíritu) en función
de esa actividad.
¿Cómo respondemos cuando nos enamoramos del sexo opuesto?
¿Invertimos de la misma manera para con Dios?
Es el amar a Dios lo único que te puede hacer comprometerte sinceramente con
Él, respetarle, adorarle, morir al yo menguando para que Él crezca en Ti. Ninguna
otra actividad religiosa puede lograrlo, por eso Él lo dio como primer y gran
mandamiento que resume toda su ley. Hay mucha bendición y deleite en amarle.
Nos dijo:
“hago misericordia por millares a los que me aman” (Ex. 20: 6) (RV)
“Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan”
(Prov. 18: 17) (RV)
Una de las características que siempre encontramos en aquellos de los cuales
conocemos que viven (o vivieron) experimentando la plenitud de Dios en sus vidas
es que aman al Señor, a tal punto, que están dispuestos a sacrificarlo todo por ser
consecuentes a ese amor. El mismo Pablo confesó:
“7 Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero
pérdida por causa de Cristo. 8 Es más, todo lo considero pérdida por razón del
incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido
todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo 9 y encontrarme unido a él.
10 Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se
manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser
semejante a él en su muerte” (Fil. 3: 7-10) (NVI)
Continuará..........
LA PLENITUD DE DIOS
TEXTO: (EFE 3: 14-19)
“14 Por esta razón me arrodillo delante del Padre, 15 de quien recibe nombre toda familia
en el cielo y en la tierra. 16 Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que
procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, 17 para
que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor,
18 puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es
el amor de Cristo; 19 en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento,
para que sean llenos de la plenitud de Dios”
INTRODUCCIÓN
Estos pasajes Bíblicos y otros más nos hablan de la disposición que Dios tiene
de que disfrutemos de su plenitud. Solo con la principal evidencia que nos da el
importantísimo pasaje de (JUAN 3: 16) es suficiente para demostrar que Él quiere
bendecirnos con lo mejor. Podemos contar con que esa es su voluntad. Su palabra
y sus acciones dan testimonio de esta verdad.
¿Qué entendemos por plenitud?
El término griego para plenitud en este pasaje es (plhvrwma - pléroma) que
significa: lo que llena, el contenido, integridad o totalidad, los medios de sustento.
Representa pues que, si entendiéramos correctamente el amor de Dios, deberíamos
experimentar su deseo de hacernos partícipes de todas sus bendiciones, dones o
regalos al darnos el privilegio de ser hechos hijos suyos, coherederos con Cristo,
miembros de la familia real.
Definimos entonces por plenitud de una vida en Cristo, que en cada área de
nuestras vidas el contenido y lo que la sustenta sea: ¡Dios mismo! Y que se
manifieste de manera tan evidente, que todos los que tienen contacto con nosotros
la puedan notar.
Ej. (Ef. 1: 15-23)
La iglesia es la plenitud (plhvrwma - pléroma) de Cristo. En ella todo debe estar
lleno de Él. A consecuencia de esto, en ella (y a través de ella) debe fluir su acción
poderosa y eficaz, su luz y la riqueza de gloria.
Las preguntas que deberíamos hacernos son:
->¿Se está manifestando esta plenitud en la iglesia?
->¿Notan los de afuera que en la congregación de los santos Dios es su
contenido y sustento?
->¿La vida que estamos viviendo es la vida en abundancia que nos prometió
Jesucristo? (Jn. 10: 10b)
Este debería ser nuestro objetivo, pues la iglesia fue fundada y subsiste por
Jesucristo, quien es su cabeza, su fundamento, su camino, verdad y vida. La
escritura dice que: “porque en él vivimos, nos movemos y somos..” (Hech. 17: 28)
(RV) Si somos sinceros reconoceremos que no podemos responder positivamente a
esas preguntas en todas las congregaciones.
¿En qué factores se ha descuidado la iglesia de hoy en día que no vive como la
iglesia que nos describe el Nuevo testamento?
De aquella se decía:
“41 Así, pues, los que recibieron su mensaje fueron bautizados, y aquel día se unieron a
la iglesia unas tres mil personas. 42 Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles,
en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. 43 Todos estaban asombrados
por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. 44 Todos los creyentes
estaban juntos y tenían todo en común: 45 vendían sus propiedades y posesiones, y
compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. 46 No dejaban de reunirse
en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con
alegría y generosidad, 47 alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del
pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos”
(Hech. 2: 41- 47)
I. No nos damos la tarea de conocer a Dios con mayor profundidad
Nos hemos conformado a lo que nos cuentan de Él, a lo que sobre Él se dice. Se
ha vuelto suficiente que de Domingo en Domingo podamos escuchar algunas
palabras de sus propósitos. Pero ese no es su plan para nosotros. Pablo oraba
diciendo que “para que por fe Cristo habite en sus corazones” (Ef. 3: 17) Este
habite significa que Jesucristo se sienta en nosotros como en su casa. Ya el está
presente en la vida de muchos, pero no le tratan como si formara parte de ella.
El pueblo no domina los atributos (naturaleza) de Dios, ni su carácter, ni el
alcance de su nombre. Esto es muy importante porque donde quiera que Él actúa
su naturaleza es manifiesta, esa es la esencia de su gloria.
Ej. ¿Dominamos que es la santidad del Señor? Y Él prometió que “Cuando dé a
conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el SEÑOR”
(EZ. 36: 23) Si supiéramos cuan importante es y cuanto bien nos hace, ya le
estuviéramos implorando que la manifieste diariamente.
Pero sencillamente para nosotros eso no es relevante. Bien intercedía el apóstol
Pablo para que Dios le diera a la iglesia Espíritu de revelación con el primordial
objetivo de que le conocieran mejor (Ef. 1: 17) El principio es sencillo:
¡Si no conoces a Dios no lo entenderás!
Como resultado más trágico de este desinterés es que no estamos disfrutando de
la vida eterna prometida:
“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a
quien tú has enviado” (Jn. 17: 3) (NVI)
II. Todavía no hemos colocado a Jesucristo como el verdadero Señor
Existe una declaración de fe que evidencia nuestra identidad:
“Por eso les advierto que nadie que esté hablando por el Espíritu de Dios puede
maldecir a Jesús; ni nadie puede decir: «Jesús es el Señor» sino por el Espíritu
Santo” (1 Cor. 12: 3) (NVI)
Es tan importante esta declaración que el Padre exaltó a Cristo hasta lo sumo
para que toda lengua confiese que Jesús es el Señor (Fil. 2: 11) Pero,
->¿Es tan sencilla esta confesión?
->¿No la podría hacer cualquiera?
->¿Es suficiente tan solo con decirlo?
La diferencia radica en lo que la palabra Señor significa. En su forma griega
(κύριος - Kírios) significa dueño, amo, administrador, el que controla o domina, el
superior. En Cristo todo esto está resumido. Por eso es el propósito del Padre,
producto de su sufrimiento obediente, que todo el mundo le confiese como tal.
Resumiendo, al confesar que Jesucristo es mi Señor (κύριος - Kírios) le estoy
otorgando en mi vida una posición igual a Dios. Le declaro como mi amo, mi
dueño, mi administrador y mi superior. ¿Somos todos concientes de esta verdad
cuando hacemos esta declaración?
Por eso solo por medio del Espíritu de Dios es que un verdadero cristiano le
puede declarar como tal. Luego nuestras acciones tienen que estar en
consecuencias con estas palabras, y en muchos de nosotros ese no es el caso.
(Tomemos el ejemplo clásico de los que ya llevan un tiempo determinado en las
congregaciones y no se acaban de bautizar por inmersión en agua, poniendo todo tipo de
excusas cuando debería ser un acto sencillo de obediencia a la palabra de aquel a quien
ya confesaron como Señor Mc. 16. 16)
Como secuela de no darle este lugar permitimos que otros lo tomen y nos dañen,
porque le damos la espalda al que nos ayuda y nos sustenta. (Mt. 6: 24) Este
criterio del puesto que Jesús quiere y merece se entendería mejor si conociéramos
más a nuestro Dios. Así entenderíamos que uno de los primeros nombres
(características) que le reveló a Israel a través de Moisés fue que “es un Dios
celoso” (Ex. 20: 3-4) Con Él se está o no se está.
III. No reconocemos ni honramos al Espíritu Santo
Una de las doctrina básicas de la confesión de fe cristiana evangélica es la de la
Trinidad:
“La Divinidad se compone de tres personas: Dios Padre, Dios Hijo (o Verbo) y Dios el
Espíritu Santo. Son uno en sustancia, poder y eternidad. Cada uno es enteramente
Dios, pero a la vez Dios es uno e indivisible” (Confesión bautista de fe del 1689. Cap. 2)
Pero por determinadas circunstancias en estos últimos tiempos la iglesia ha
descuidado quién es el Espíritu Santo. ¡Él es Dios! Y como tal merece también
nuestra adoración y alabanza. Es Él quien aplica todo lo que Cristo ha hecho
posible para nosotros; Es quien hace práctica la promesa de que estaría con
nosotros todos los días hasta el fin y nuestro adiestrador para poder presentarnos
correctamente ante Dios.
¿Qué actitud tenemos para con Él? Algunos ni le quieren hablar (apartándole), ni le
quieren oír (apagándole), Otros desprecian sus consejos (entristeciéndole) y lo que es
más deficiente, le adjudican sus obras al diablo (difamándole) Lo peor es que
aquellos que lo hacen pagarán las consecuencias a un alto precio. Mas bien
deberíamos estar agradecidos y postrados ante él por su obra maravillosa. Mientras
no nos volvamos a Él no alcanzaremos la plenitud ni la libertad prometidas.
“15 Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. 16 Pero
cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. 17 Ahora bien, el Señor es el
Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 18 Así, todos nosotros, que
con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el
Espíritu” (2 Cor. 3: 15-18) (NVI)
IV. No nos esforzamos por amar a Dios como Él se merece
El hombre en su naturaleza caída no puede amar a Dios porque no le conoce, no le
busca ni quiere tener ningún tipo de relación con Él (vea Rom. 3: 10-18) Aquel
que le llega a conocer es solamente producto de la acción iniciadora de Dios a
favor de esa comunión. Nadie puede jactarse en decir que le buscó al Él primero.
Jesucristo mismo dijo: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo
atrae” (Jn. 6: 44) (RV) La muestra de su amor es más que suficiente y elementos
sobrados tenemos.
->¿Resulta todo esto en que brote amor de nuestros corazones hacia Él?
->¿Cómo le amamos?
->¿Cómo le manifestamos nuestro amor?
->¿Es amarle la pasión de nuestras vidas?
->¿Ponemos todo nuestro empeño en amarle?
El Señor no se merece otro amor al que la Biblia nos propone (Mt. 22: 37)
Ciertamente todo nuestro amor no compensa el suyo ni es suficiente para
repagarle, pero el hecho es que ni siquiera nos esforzamos en hacerlo. No hay
pasión en amarle ni ponemos todo nuestro ser (cuerpo, alma y espíritu) en función
de esa actividad.
¿Cómo respondemos cuando nos enamoramos del sexo opuesto?
¿Invertimos de la misma manera para con Dios?
Es el amar a Dios lo único que te puede hacer comprometerte sinceramente con
Él, respetarle, adorarle, morir al yo menguando para que Él crezca en Ti. Ninguna
otra actividad religiosa puede lograrlo, por eso Él lo dio como primer y gran
mandamiento que resume toda su ley. Hay mucha bendición y deleite en amarle.
Nos dijo:
“hago misericordia por millares a los que me aman” (Ex. 20: 6) (RV)
“Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan”
(Prov. 18: 17) (RV)
Una de las características que siempre encontramos en aquellos de los cuales
conocemos que viven (o vivieron) experimentando la plenitud de Dios en sus vidas
es que aman al Señor, a tal punto, que están dispuestos a sacrificarlo todo por ser
consecuentes a ese amor. El mismo Pablo confesó:
“7 Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero
pérdida por causa de Cristo. 8 Es más, todo lo considero pérdida por razón del
incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido
todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo 9 y encontrarme unido a él.
10 Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se
manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser
semejante a él en su muerte” (Fil. 3: 7-10) (NVI)
Continuará..........

